Día veinticuatro del mes dos.

 Octubre, en una de esas tardes de paz de otoño, en las que las hojas de los arboles se deslizan por las calles y el frío, comienza a recorrer los cuerpos de la gente que no tiene donde poder refugiarse.
Siento mi inmenso vacío, ahogándose en el fondo de la ría, a la que no puedo dejar de mirar, y me pregunto, porque camino sola un día tan señalado como hoy. Decido pararme, el pensarlo me produce una terrible angustia.
Paso por delante de todos los sitios en los que un día, comenzamos a diseñar recuerdos. Aún veo nuestras siluetas dibujadas, las sonrisas, las miradas, las caricias...
Me duele el pecho.
Se me nubla la vista.
Por un momento siento desplomarme. Es ese instante en el que romper a llorar sería la mejor opción, pero mi cuerpo, solamente, es capaz de expulsar una lágrima, aferrando así todos los sentimientos en ella.
No quiero seguir pensando en tú comportamiento, ni en la manera que tienes de entender la vida, no quiero seguir pensando que algún día encontraré a alguien que, realmente, no rompa mis emociones en cachos. No quiero seguir engañándome por cosas que no sientes y que, probablemente, nunca llegaras a sentir.
Me gustaría saber que es sentirse valorada, por un segundo.
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